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2 diciembre, 2020
(Con)Vivir en la Pospandemia eterna

(Con)Vivir en la Pospandemia eterna

Han pasado sesenta días desde que comenzó el período de Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) en nuestro país y que tiene al mundo en vilo por ese enemigo invisible que se arrastra principalmente las vidas de nuestros adultos mayores. Sin embargo, con el paso de los días ese objetivo sanitario de evitar que el sistema de salud colapse, que encontremos una salida a la vida parece tener éxito, más allá de la actuación exacerbada del narcisismo ególatra de sabelotodo social típico del argento ante la amenaza del status quo, tal como si están bien los testeos, la cantidad de los mismos, entre otros.

Lo cierto es que tres preguntas siguen girando en la cabeza de cualquier ciudadano en segundo plano: 1) ¿cuándo llega el pico de infectados? 2) ¿tendremos un pozo económico? y 3) ¿qué sentimientos positivos nos genera la política en tiempo de pandemia?

La primera pregunta la responde y seguirá respondiendo el efecto de las decisiones políticas sanitarias, cuyo objetivo fue “aplanar la curva”; de manera que ese pico gráfico que de un día para el otro pasamos de 100 a 2000 casos y pasado mañana volvemos a 100 no va a estar, justamente porque la idea de suavizar el comportamiento de contagiosidad implica ralentizar todo lo que más se pueda y esto es producto de poner el pie en el freno a fondo e ir acelerando muy despacio y con miedos.

¿Miedos? Estudios de opinión pública recientes demuestran que los miedos de contagiarse (y/o morirse por) la enfermedad se minimizan en la medida que las cifras publicadas no son tantas en comparación con lo que sea, y de hecho siempre que me beneficie el resultado de comparación, más desafiante es la acción de cada uno.

En segundo lugar, la cuestión económica siempre viene mal. Muy rara vez, los pronósticos del comportamiento de las variables macroeconómicas resultan alentadoras, al contrario están impregnadas de muchas dudas y desconfianza. Resulta que los éxitos de algún modelo económico de la realidad es siempre una golondrina en un verano, que ofrece seguridad solo al ganador de la propuesta. Y encima si el freno es total, se agudiza.

Pero sabemos que el fondo es oscuro, lo que nunca sabremos cuan oscuro es. Su profundidad no está atada a una decisión de abordaje de pandemia, es mucho más que eso. Ergo, emerge la necesidad de acelerar un poquito más, ya sin miedos. Con cuidados y con la idea de quedarse en algún lugar seguro. No caerse más, y mirar hacia arriba para volver a crecer, a arriesgarse.

Ahora bien, la tercera cuestión a decir verdad es el factor común que une a estas dudas y se encuadran dentro de un esquemas psicológico que denote de alguna forma una cierta normalidad, que responde a la necesidad de un límite, de una fecha, de un cuanto, de algo que le imprima seguridad a cada uno.

Y es justamente en este campo emocional de la certidumbre donde el parámetro de la vida en sociedad no encuentra espacio para anclarse. ¿Siempre fue así? No, de hecho ya se ha convivido hace un siglo con otra pandemia y hace una década también con otra, que no significaron semejante amenaza a la humanidad, pero ya están en los libros de historia. Entonces hablar de nueva normalidad o asegurar que estos hábitos implementados de protección social son eternos es falaz en su propia concepción. Son respuestas a un momento.

Es más, los distinguidos guarismos de aceptación de las gestiones actuales por parte de la opinión pública deben cuidarse y mucho. De hecho, esa suerte de apego de la ciudadanía con la dirigencia política en tiempos de pandemia, se verá atenuado siempre y cuando las expectativas de la normalidad no se vean reflejadas en la cotidianeidad. ¿De qué depende? De la administración equilibrada entre la puja de la miseria por el poder y la complicidad con el ciudadano. De ser un verdadero puente con la otredad y no un canal de maximización de beneficios propios. De ser la garantía de un sistema de valores que responda asertivamente en la idea de convivencia de unos con otros sin alterar la normalidad.

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